Cuentos y Poemas

El suicidio

Llegaba la tarde, yo era el único ser que caminaba en la orilla del mar al borde del abismo de mis sueños. Sufría la encrucijada más trágica de mi vida, ya no había objetivos para mi existencia, hasta mis utopías se me habían disparado del horizonte, no divisaba más su luz.
  Después de tanto amor, de tantos sueños compartidos, todo se me desligó al igual que esta arena entre mis manos. La nada se apoderó  hasta del último atisbo que se vislumbraba en la oscura noche de mis campos.
  Había quedado absolutamente sola, estaba en mi hora cero, hay un silencio en esa hora disgregada, instantes patéticos, él había dejado de existir. Él, el único hombre que amé en mi vida, el que calmó mi sed, el que supo decir la palabra exacta, el que siempre estuvo con esa dulzura y autenticidad inigualable, con sus caricias, su pasión, su paciencia, imposible pensar que eso muera. Lo debía buscar en algún lugar.
  La muerte, diagnóstico que no es susceptible a errores, me saqué mis zapatos y las medias, pensé en el paraíso entre ángeles, jardines y música de violines. Me saqué la chaqueta, la blusa, la pollera y comencé a introducirme lentamente en el agua, se me erizó la piel con el agua helada. Traté de mirar al fondo del mar, recordé a Alfonsina ...
  El oleaje estaba calmo, me iría con el canto triste de las gaviotas que intentaban avisar sobre mi hazaña.
  Comencé a revolver la tierra de mi memoria  y a recordar mis días felíces, ya faltaba poco para no pensar, el agua estaba por arriba de mi cintura, debía ahogar mis recuerdos. Debería matar conmigo esos inútiles parásitos adheridos hace siglos, en esta tierra triste de mi memoria. Esa que todos los días reía a carcajadas desde mi techo.
  Cuando lentamente comenzaba a introducir mi cabeza en el agua,  siento en el abrazo sanguíneo del pánico cierta celebración volátil de serenidad.
  Ya comenzaba a desposarme con la muerte, todo se inundaba de gris, y así como en el momento del casamiento, el juez pregunta: ¿hay algún motivo que, alguien quiera interponer como prueba de que esta unión no pueda=realizarse?
  Y de pronto aquel grito: ¡mamá!  ¡mamá!, y la muerte me comenzaba a abrazar y con sus manos como garras intentaba tapar mis oídos. Y los gritos inolvidables de aquel niño me llegaban al alma, y en cuestiones de segundos, revolviéndome con la muerte, pensé: yo no tengo hijos, la palabra mamá había sido prohibida para mi. Con un esfuerzo sobrehumano para deshacerme de aquellas garras, saqué la cabeza del agua y lo vi. Era un niño pequeño, hermoso que aclamaba por mi, ¿sería una visión del hijo tan deseado por años?.
   El niño al verme, se introducía al agua con su perro que no paraba de ladrar. Me dio terror, este mounstruo que me tenía paralizada por los pies y que pretendía, ahora, desposarme por la fuerza, no podría alcanzar al niño. Y comencé a luchar por la vida, ese grito de ¡mamá! ¡mamá! me llenó de instinto de madre, y fui leona luchando con las olas, el frío y la muerte. Llegué hasta él, y nos abrazamos fuerte, muy fuerte y lloramos mucho. Era un reencuentro, un darse cuenta de que la vida vale la pena, y que todo es posible mientras haya objetivos por el cual vivir.
   Me vestí como pude, y abrazados comenzamos a caminar por la playa, supe que sus padres fueron pescadores y se habían ahogado en una tormenta en el mar,  había quedado solo.
   Indudablemente, la vida me daba otra oportunidad. 

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El diganóstico

Martina no podía ponerse de pie, el resultado de su examen médico era claro, un cáncer maligno se estaba apoderando de todo su cuerpo. El médico y una enfermera trataban de calmarla, esos dolores terribles que la aquejaban de noche, tenían su causa. Como mujer enamorada de su marido trató de ocultar su situación. Salió a la calle, el frío y la llovizna la hicieron erizar, caminó sin rumbo, llegó al puente donde tantas veces habían observado el atardecer. Las aguas corrían muy fuerte, comenzó a ver su historia en la correntada: cuando se casó, cuando nacieron sus hijos, cuando se fueron de la casa, cuando nacieron los nietos... las fiestas familiares, las excursiones a la casita de la playa., resquebrajaban en cada gota, recuerdos anidados. Pero aún era joven, tenía muchos proyectos por cumplir. Los pasajes del viaje tan esperado ya estaban reservados era una segunda luna de miel que habían proyectado hace años.

Qué hermosa tarde de lluvia, el agua, los niños que salían de la escuela, los paraguas que se volaban. Caminó y caminó, se detuvo en un restaurante y entró, se sentó en una mesita que daba a la ventana de la calle; en la mesa del costado, dos enamorados escuchaban una canción de amor tomados de la mano. En la otra mesa había otra pareja, ella embarazada se tocaba su vientre enorme, la vida latía a su alrededor. Cuánto hacía que no se detenía a mirar a la gente, el paisaje, todo a su alrededor, a asombrarse de la vida que palpita. Vino el mozo, hacía meses que llevaba a cabo una dieta para adelgazar, entonces pidió todo lo que deseaba comer, lo hizo con ganas, saboreando cada bocado, pidió la copa helada más enorme, nunca había degustado tanto una comida. Luego se metió en una galería y gastó el dinero que tenía para pagar los impuestos, el agua, la luz. cuotas..., gastó todo. Se compró y dejó puesto el trajecito beige que, tanto había deseado mirándolo en la vidriera, las empleadas se reían. Como el dinero se le terminó, usó sus tarjetas de créditos para comprar regalos para todo el mundo, gastó el máximo que podía financiar.

Estaba rendida, seguramente al otro día debería internarse, llegaban los días oscuros de la vida, y de la muerte. Llegó a su casa, no había nadie, le sorprendió que a esa hora su esposo no estuviese.

Entonces dio rienda suelta a su congoja y su dolor, tocan a la puerta, era la policía que pregunta -¿apareció la mujer?, -¿qué mujer?, preguntó, -de aquí llamaron por una desaparición. Miró la hora, eran las veintidós horas, ella había salido a las ocho de la mañana, había perdido toda noción del tiempo.

Miró el teléfono que guiñaba anunciando un mensaje: -por favor Sra. Helena Sangenís le comunico en forma urgente, se comunique al teléfono. Hubo una equivocación en la entrega de su diagnóstico, sus exámenes están totalmente normales, fíjese en su cartera. Helena saca el sobre que decía: Laura, no podía creer, no iba a morir, no se iba a morir.

-¡Y me gasté todo!, y este trajecito me costó diez mil pesos, mi marido me mata. salió a la calle, seguía lloviendo, se puso bajo la lluvia fina, las lágrimas le corrían de felicidad, qué importaba el dinero, las cuotas, los impuestos, si la vida estaba latente y las utopías intactas.

Y comenzó a cantar y a bailar en el medio de la calle, los vecinos miraban desde las ventanas.

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