Cuentos y Poemas

Confesiones entre hermanos

-¿Te acuerdas cuando papá se iba a la puerta del Paraíso y se sentaba horas, esperando lo imposible, que su padre le abriera la puerta?

-Me acuerdo... Pobre...

-No lo aceptaba. A veces lloraba, otras insultaba, lo vi gritar, reír, arengar a los que lo rodeábamos...

-Pero todo tiene un fin... La gente comenzó a aburrirse de sus reclamos...

-Es verdad... Me acuerdo de aquella mujer que le decía que se dedicara a vivir su vida, y dejara que ese hombre pretencioso se pudriera en su ira...

-Me acuerdo... Es que la posición de papá generó tanta cosa..

-A veces pienso que nuestro padre...era un sabio... A mamá la quiso con pasión, la defendió de todo y contra todos... Aún retengo en la memoria cuando el abuelo se dignó a visitarnos y estuvo casi por pedir perdón... Miraba a nuestra madre con los ojos temerosos...

-Es cierto... Antes de irse yo me escondí entre las polleras de ella y escuché cómo él le pedía perdón...

-¿Perdón, dijiste? Eso no me acuerdo...

-Sí, le pidió... Y ella lo miró fijamente y le dijo una frase que me quedó en la memoria... Recuerda que era muy pequeño... Le dijo: "Padre y suegro... ¿Por qué tanta ira contra tu propia creación?"
 
-¿Y él?

-Y él le respondió: "Porque me odio a mí mismo".

-Estamos solos, Abel...

-No, nos tenemos a nosotros, Caín...

-No estoy tan seguro...
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Una empresa familiar dedicada al cuidado de la mujer

Pelo rizado. Pinta de gigoló, Martín caminaba lentamente por entre las abarrotadas mesas de la confitería repartiendo, con una sonrisa cómplice, una pequeña tarjeta, muy discreta, que decía: "Martín M Una empresa dedicada al cuidado de la mujer". El autor del publicitario texto, claro, no había sido otro que él mismo a la búsqueda de un ingreso que le permitiera dedicarse a las dos cosas que más quería: las relaciones sexuales y la buena vida.
La cosa venía bien preparada. Había conseguido un teléfono en lo de la madre, quien se ponía contenta con los pesitos que iba a hacer el nene.
Tenía un catálogo, traído de contrabando, con diversas perversiones para que las clientas pudieran elegir. El primo le había prestado unos discos y casetes "especiales". Una tía le confeccionó varios slips muy originales y atractivos. Del abuelo aprendió viejas técnicas amatorias de Bologna, y casi desconocidas. La abuela colaboró con lo que a las señoras les gustaría más, y lo que no había que hacer. Alberto, el primo segundo, le diseñó un extravagante dormitorio que lo construyó Juan Carlos, tío político. El otro abuelo, aunque ya medio lelo recordó en un momento de lucidez, los puntos del cuerpo que, con los dedos haciendo presión, provocaban verdaderos incendios de pasión. Analía, su hermana, preparó una crema inventada por la ya desaparecida tía abuela Matilde para mantener erecta el arma de trabajo de Martín, por varias horas. Artemio, otro tío, experto cocinero en barcos chicos, se comprometió a realizar los mayores platos afrodisíacos que se pudieran imaginar.
Y faltaba decir que un pariente de Buenos Aires, por parte de la madre, fue el que confeccionó las discretas tarjetas que Martín depositaba esa noche en cada mesa.
Cuando llevaba repartiendo unas cincuenta, una mano se prendió de su pene de una forma tan brutal que provocó la ruina del negocio familiar.
Esa mano pertenecía a Lucía, la hermana mayor, que no había sido tenida en cuenta para integrar la empresa.

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Los largos corredores

Yo he conocido hombres con lágrimas de oro

y otros que se murieron con ellas,

adentro.

He conocido hombres con un corazón muy grande

y que no han podido mostrarlo.

Por fin, he conocido aquellos que

de tanto extender la mano

se quedaron sin ella.

Hoy mi mirada se pierde por callejones desparejos,

sucios y viejos,

lugares perdidos de gente que no está,

lugares sin memoria,

para desmemoriados.

Y contraigo mi rostro,

de dolor,

por querer llorar y no poder.

Estoy muy quieto mirando

y corro,

por dentro,

corro.

Mucho.

Y caigo en noches oscuras

y túneles invadidos

donde otros como yo, bucean

los excrementos en busca de algo de valor.

No me lamento.

El fin lo merece.

Es el encontrarlo.

El buscarlo...

Querer volver a tener el Sol y un verde prado

donde pueda acostarme desnudo.

Pero no encuentro la salida.

Y no doy más.

Me estoy extinguiendo.

Y tengo miedo.

 

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