Cuentos y Poemas

¡Ánimo compañeros y huyamos ahora!

Uno de ellos había conseguido una casa, que supusieron deshabitada, con unos pocos trastos en una sola de las grandes habitaciones del piso superior. Los vidrios eran inexistentes y el viento se colaba a través de las rejillas de las persianas. Nadie preguntó de donde había sacado las llaves, pero tampoco les importaba: lo fundamental era poder estar ahí.
El primero en entrar fue directo al sitio donde sabía estaban las velas y los fósforos y encendió una, protegiéndola con la matera. Aprontó el mate, encendió un cigarro, dejó la cajilla sobre la mesa y se dispuso a esperar.
El siguiente, tras saludar, aceptó un mate, tomó un cigarro y en un susurro comentó el  frío.
Fueron llegando de a poco, caminando sin mirar ni a los lados ni hacia atrás, pero sin perder detalle de lo que percibían sus oídos. Al llegar a la puerta, entraban y volvían a cerrar y en absoluto silencio, subían la escalera siguiendo el resplandor de la vela. Y así uno tras otro, con un lapso de unos pocos minutos entre ellos, que llegaban de los cuatro puntos cardinales.
El último traía una botella de grappa que logró algunas sonrisas esbozadas en las caras retraídas. A falta de vasos, fueron tomando un trago cada uno, incluso ella, única mujer en aquel grupo homogéneo. Tal vez ese fuego apagara el batir de mariposas en sus entrañas.
De no haber estado con ellos, no hubiera sido tarea fácil reconocerlos: todos vestían de igual forma: championes, pantalones vaqueros, buzos de cuello alto, chaquetones oscuros, una bufandita a cuadros y una matera colgada del hombro.
Uno de ellos, que se distinguía por el fulgor de sus ojos, rebuscó entre la ropa que lo resguardaba del intenso frío invernal y sacó algunas hojas mimeografiadas. El resto se aprestó a escuchar atentamente el informe.
Luego de haber escuchado la lectura, pusieron el material en una lata, junto a una botella de alcohol y una cajilla de fósforos. Llegado el caso, no debían quedar rastros de ellos. Todos quedaron pensando acerca de lo escuchado, incluso ella. No podía evitar distraerse mirando aquellos ojos claros que tanto la atraían. Cuando él notaba esa mirada fija, correspondía como desafiándola hasta que ella miraba hacia otro lado.
Él se quitó el reloj, lo puso frente a sí, sobre la mesa, junto a la vela y dijo que, tras la lectura, harían una ronda de comentarios, de tres minutos cada uno. Ella tomó la botella e ingirió un largo trago.
Antes que nadie hubiera comenzado a decir una palabra, unas luces muy potentes iluminaron el frente del edificio y la luz se deslizó hacia adentro a través de  las persianas del balcón, en tanto la puerta crujió con ruido de golpes y maderas rotas.
Todos quedaron estupefactos: se suponía que nadie sabía que estaban allí. Hasta que uno susurró: ¿Dónde está la llave de la azotea? ¿Quién la tiene? Ella corrió hasta el fondo y trepó ágilmente la angosta y desvencijada escalera. La llave estaba colgada ahí. La tomó y tras abrir la puerta, lo vio junto a ella. Salieron, y disimuladamente volvió a cerrar. Desaparecieron en la oscuridad de la noche corriendo agachados por los techos, hasta encontrar una azotea abierta, por la cual entraron, cerrando la puerta. Sus oídos percibían ruido de sables y botas.
Adentro, todos subieron corriendo hasta la puerta de la azotea en tanto uno de ellos decía: "¡Ánimo compañeros y huyamos ahora!". Pero la puerta estaba cerrada y la llave no aparecía por ningún lado.
Allá arriba, encerrados por dentro y por fuera, levantaron los brazos y quedaron sin saber por dónde salir.
En la otra azotea, los ojos claros del hombre fulguraban de tal modo que no hubieran necesitado con que alumbrarse. Su cabeza estaba llena de improperios. Los compañeros, que debían venir tras ellos,  no estaban por ningún lado. ¿Habrían podido zafar?
Sintió un ruido metálico y en la penumbra, relumbró la llave ¡Como los había engañado! Pero algún día se iban a encontrar y le haría pagar lo que les había hecho.
    Tampoco tuvo demasiado tiempo para pensar. Un fuerte culatazo lo desmayó y cayó escaleras abajo, donde quedó tendido en el piso, acompañado por  un hilito de sangre que bajaba por su sien.    
Ella cambió sus ropas por otras que estaban en un bolso  que alguien había dejado ahí: championes blancos, vaqueros, rompeviento, un grueso chaquetón azul y por último se acomodó una boina. Con serenidad se dirigió a  la salida que daba a la calle trasera. Cruzó y se dirigió hacia la entrada del cementerio. En él a nadie se le ocurriría buscarla y los muertos son incapaces de hacer maldades.
                                                                            Sonia




Anna Etxegoimberri : Una  mujer invisible

Si Anna hubiera sabido lo que le depararía ese día, tal vez ni se hubiera levantado y habría esperado otro cualquiera. Pero tuvo que ser precisamente ese.

En el contestador no había ningún mensaje más que el suyo. Le devolvía su propia voz y le sonaba extraña. La falta de mensajes no, eso era habitual. La propia voz desconocida y el mensaje abierto a quien fuera la alarmaron. Recordó que ella misma se paró a grabar esas frases y vino a su mente hasta el movimiento de los ojos buscando cómo seguir con el mini discurso.  Esa voz propia y desconocida le hizo sentir su tiempo invadido por una extraña.

Antes de pasar por el baño, encendió la computadora y la dejó trabajando sola mientras se ocupaba de lavar sus cabellos y darles forma. Eso de cambiar de cara era relativamente fácil. Más para las mujeres que para los hombres. Se cambia el color del cabello, el peinado, el maquillaje y el estilo de vestir y ya se es otra difícil de reconocer.
 
En ella el ritual de adivinarse se completaba con el eludir el espejo diminuto y apartado. Vestirse tiene eso de imaginarse que la lleva a un sitio en donde se es hermosa, en donde las manos o los pies asomando en el campo visual dicen todo lo que es necesario saber. En este adentrarse en el tiempo y en la imaginación, el desayuno la devuelve a las miserias del cuerpo y a la realidad.

Aún sosteniendo la taza, pensó que él siempre, aunque demorara meses, volvía, dejando al partir el vacío de vivir sin la ilusión de ver sus ojos de rara tonalidad  gris-plateado a su alrededor, caminando en sus sueños, rondando sus almohadas, dejando su perfume entre las sábanas, iluminando las esperanzas de que algún día se decidiera a pensar que la quería, que le gustaba, o aunque sea que la necesitaba para ordenar sus libros, su música, su ropa, para corregir los editoriales con los que presumía ante el colectivo, para leer por él y para él los densos informes ininteligibles a primera vista y analizarlos concienzudamente para que se luciera con ellos.

La taza sostenida entre las manos despedía el aroma del café con que solía despertarlo. En ese momento el sonido de la taza volviendo vacía y golpeando contra el plato, la trajo una vez más a la casa y a la cocina  solitaria. El hueco recurrente instalado en su vida apenas se llenaba con su recuerdo y los sueños de verlo aparecer en las noches despojadas cada vez que no estaba.

Ese era el día en que irían a encontrarse en el centro. Buscó el email en el cual le diría la hora. La cita era en una pequeña librería de la Ciudad Vieja, "Leonard & Rossi, libros", con una salita para tomar café en la parte trasera: lugar ideal, lejos de la calle y de las miradas de los transeúntes. Se pasaba desapercibido. El precio era comprar algún libro y entrar ambos  a distintas horas.

Tomó uno al azar  y decidió ir a leerlo a la trastienda, en tanto tomaba un café. Era una habitación pequeña y acogedora, donde predominaba la madera tanto en las paredes y el techo como en el piso. La luz era difusa y proveniente de tres picos con sendas pantallas de pergamino y además había un pequeño velador en cada una de las cinco mesitas de madera lustrosa. En una de ellas, en la esquina, en penumbras había una mujer sentada con la cara oculta tras las manos en que la apoyaba. Tenía una inmovilidad inquietante. Aparentemente habría estado escribiendo pues ante sí había una hoja garrapateada y una lapicera. Cada vez que alguien abría o cerraba la puerta delantera, la hoja se balanceaba suavemente como si fuera a emprender el vuelo. La inmovilidad de la mujer de la amplia gabardina gris perla y curiosa boina roja, la ponía un tanto nerviosa. Pudo ver que tenía un pocillo de café lleno, sin consumir entre los codos apoyados en la mesa. La reconoció de inmediato aún sin ver su rostro: era la que estaba haciendo cola en la caja contigua días pasados esperando para abonar.

Recordó que estaba en el supermercado, entre la gente que, abarrotando el lugar, efectuaba sus compras navideñas. Ella ya había terminado con las suyas y estaba, cansada, haciendo la fila para pagar. Eligió la penúltima de las cajas habilitadas: así nadie la llevaría por delante. Hacía calor. La tormenta parecía inminente y se sentía agobiada. En ese momento en que maldecía haber dejado las compras para última hora, miró hacia el costado y la vio. Tenía el cabello largo, con mechones blancos y desprolijo, aparentemente transpirado. El rostro se veía pálido y arrugado: viejo. La mirada, además de levemente inquisidora, estaba hundida, cansada. Se reconocieron de inmediato. La había visto hacía unos meses al bajar del autobús cuando iba para el  Taller. También ese día se habían mirado atentamente mediante el espejo retrovisor del chofer..

Entre las dos las diferencias eran claras, en la otra era palpable la resignación. Parecía una de esas mujeres a las que la vida las invadió lenta y sostenidamente de pequeñas cosas no deseadas que terminan por usurparle todos los espacios. Incluso los regalos comprados en el supermercado aún envueltos exponían eso de los lugares comunes, de cumplir con regalar sin el placer de regalar y eso dirigido a las personas mas toleradas que  queridas.

Volvió la cabeza para intentar atisbar cuanta gente tenía ante sí y cual era el tamaño de sus canastas. Los pies se negaban a sostenerla durante mucho tiempo más y los huesos en un rato comenzarían a crujir. Volvió a mirarla. Vestía de forma juvenil con una blusa hindú de colores vivos igual a la suya, que contrastaban con su palidez de cadáver aún no maquillado para la ceremonia.

Le hubiera gustado conversar con ella, preguntarle de donde se conocían, si era del barrio, pero estaba lejos, al otro lado de la pared, donde había más cajas y mas gente haciendo fila para pagar. ¿Tendría una familia numerosa, o sería sola igual que ella? ¿Sus amigos habrían dejado de llamarla y se contentaría con malcriar los pequeños y escuchar quejosos parientes  que tan solo hablan de dolores y fatigas? 

Fue cuando habilitaron la última caja que hasta ese momento había estado cerrada, que ambas se pusieron en la fila confundiéndose en una. Recordó que odiaba los espejos al extremo de haberlos hecho desaparecer de su casa para no mirarse.

La otra no era como ella, a pesar de la gorra y el abrigo. Ella había elegido esa boina roja y la gabardina la había elegido a ella desde una vidriera prometiéndole esa presencia tan necesaria como para que él la mirara. En la otra esa misma ropa no tenía el mensaje que ella esperaba él descubriera viéndola  así.


El tiempo transcurría lento, como si no tuviera apuro. Tenía la seguridad absoluta de que él llegaría cuando menos lo esperara, como siempre. Lo nuevo en el lugar tan acogedor era la presencia de la otra: hasta ese día habían estado siempre solos y pudieron parlotear a gusto sin tener que susurrar.
 
Estaba ubicada en la mesa del rincón, cerca de la puerta, desde donde se divisaba todo. Le hubiera gustado preguntarle algo a la mujer, cualquier cosa, la hora por ejemplo, pero algo dentro de sí se lo impedía. Encendió el pequeño velador e intentó leer algún poema del libro elegido al azar pero no pudo concentrarse. El lugar la envolvía como una gran placenta donde se sentía segura, protegida, casi a oscuras, sin necesidades insatisfechas. Todo estaba bien, excepto la intrusa que podría haber sido su gemela. Pensó que no debía estar allí.
 
Intentó ella misma escribir algo. Sacó de la bolsa una hoja y un lápiz y comenzó:

"Hoy amanecí con una ternura extraña, de esas como para pasar horas acariciando tus cabellos, recorriendo tu cara, besando tus ojos, sin más ulterioridad que mimarte, recorrer tus montes y tus valles, con total lentitud de viajero que durante siglos buscó la ciudad perdida y al encontrarla, retrasa el momento de la entrada para disfrutar el anticipo de mirarla, acariciar las piedras musgosas de sus muros, recorrer los vericuetos de sus rejas como si fueran trozos de piel tantas veces añorados. Esa ternura que solo se siente una vez en la vida por eso: porque es única, porque no volverá a repetirse, no de la misma forma, no con el mismo aplazamiento de un placer que llegará lenta, demoradamente porque así está esperado. Y en tanto, tirados los relojes a la vera del camino, sin prisa, roce a roce, beso a beso, como si fuera un cristal finísimo, disfrutando de sus facetas en las horas lentas de la tarde, morirá conmigo el deseo que conmigo amaneció de vestirte con esta ternura extraña que acabo de descubrir y con la que me gustaría envolverte si para mí ya no estuvieras muerto".

Tras escribir, sus ojos se volvieron hacia la mujer de la gabardina, que seguía inmóvil en su rincón.  Iker no llegaba y se estaba poniendo nerviosa. No por la espera a la que estaba acostumbrada sino por aquella compañía inesperada.

Tuvo miedo de que la mujer le hablara respondiendo al mismo impulso que había contenido. Tuvo miedo de escucharla en la certeza que la mujer le hablaría con esa voz propia y al mismo tiempo irreconocible del contestador y el mensaje abierto, recitado o inventado con los ojos buscando las palabras por la habitación, dirigido a cualquiera que lo escuchara pero pensado sólo  para Iker.

En los  profundos bolsillos de la gabardina traía entre otras cosas un espejo e intentó acomodar los cabellos que escapaban debajo de la boina. Se dio cuenta de que había olvidado tomar su café. Mientras pensaba si pedir otro, apareció una persona parecida a él. Traía un gran sobre manila similar al que, años atrás, en un ataque de rabia, inventó una "carta-bomba" para mortificarlo ¡y vaya si lo consiguió! Se dirigió directamente a ella. Dijo únicamente: "Te lo manda" sin especificar qué ni quien. Inmediatamente desapareció. Traía puesto un pantalón gris como el que usaba él y la camisa era idéntica a la que le regalara hacía unos meses. De no haberlo visto de frente, hubiera jurado que era él mismo.

Se sintió decepcionada y sin ánimos para abrir aquel objeto ominoso. Necesitaba pensar, mucho, mucho tiempo. Le dolían la cabeza y los ojos. Los cerró, apoyó los codos en la mesa, recogió las mangas de su amplia gabardina gris perla y los cubrió con ambas manos. Ante sí estaba la taza de café ya fría y la hoja que acababa de escribir.

Sintió un ruido fuerte, como de muchas botas que resonaran sobre el piso de la librería. Retiró las manos y desde el rincón los vio venir hacia ella, con sus armas apuntándola y una sonrisa despectiva en sus rostros.

Su expresión era la de "te encontramos al fin, ¿creíste que ibas a escapar?" Tantas veces se habían encontrado en la librería durante siete años que no era ninguna hazaña encontrarlos, o por lo menos encontrarla a ella, que era siempre la que esperaba.

Requisaron su gabardina, revisaron los bolsillos y se llevaron todo, su escrito y el sobre manila que aún no había abierto. Y le quitaron la boina y el broche con que recogía sus cabellos. Una rabia sorda la llenaba. ¿Cómo fue capaz de pasarle algo así justamente a ella?  Si su pecado había sido amarle, pues se declararía culpable. Culpable y estúpida.
        
Antes de salir miró hacia la otra. Ahora estaba de pie, con el cabello suelto y desprolijo como en el supermercado, vestida con una colorida blusa hindú igual a la suya, sujetos ambos brazos por dos tipos de particular y caras odiosas. Pensó en el destino, en haber zafado tantas veces y justo venir a quedarla ahora, por culpa de Iker, que era a quien buscaban, pues ella no era nadie. Nada más que una sombra invisible en un espejo lejano.

                                                                        Sonia Blanco D´Ambrosio

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