Autora: JULIA GALEMIRE

Julia Galemire nació en el Barrio Sur de Montevideo.

Fue alumna de Roberto Ibáñez, Eugenio Petit Muñoz en la Facultad de Humanidades.

Concurrió  a los Talleres Literarios de Sylvia Lago y Jorge Arbeleche y al de Juan Carlos Legido.

En 1994 funda el Grupo Cultural de La Tertulia, existente hasta la fecha.

Dirigió y coordinó el programa "La Tertulia" por CX 38 SODRE de Montevideo durante 6 años.

Colabora con la columna cultural de "La Onda Digital" por Internet.

En 1999 fue seleccionada para integrar el libro "Letras de la Paz" publicación de la UNEDA (Unión de Escritores de América) con apoyo de la UNESCO.

Desde 2004 dirige la publicación cultural "La Tertulia".

 

Libros publicados

• Fabular de la piedra, 1989
• La escritura o el sueño, 1991
• Al sur del aire, 1994
• Diecisiete poetas uruguayos de hoy, 1996
• Fabular de la niebla, Premio Poesía Édita del Ministerio  de Educación y Cultura, 1997
• Diez Años, 1999
• La Mujer y el Angel, Premio Poesía Édita del Ministerio de Educación y Cultura, 2000
• Diario Poético, 2005


DIARIO POÉTICO

Hoy rompo el silencio
Las vivencias quieren
ser palabras

A Emma Galeano que supo aconsejarme
"con criterio y con bondad"

PRESENTACIÓN

Luego de una larga y ascendente trayectoria poética que se extiende desde su poemario "Fabular de la piedra" (1989), pasando por "La escritura o el sueño" (1991), "Al sur del aire" (1994), "Fabular de la niebla" (1997), "La mujer y el ángel" (2003), Julia Galemire nos ofrece hoy este "Diario Poético" donde, de acuerdo a su declaración inaugural, rompiendo el silencio (o el vacío) de la no-escritura, "las vivencias quieren ser palabras". Si, como ha declarado Rolland Barthes, "el título de una obra es un texto en sí mismo", en este caso estaríamos ante un título que actúa como inductor de sentido, señalando una definida postura creadora dentro de un determinado campo semántico.
En el fluir de los veinticinco poemas que componen el corpus -dotado, por cierto, de una singular unidad-, el yo lírico se empeña en descubrir, "en la novela de nuestra vida", la esencia de su estar-en-el-mundo. Y, aunque éste sea "un mundo que entendemos cada vez menos", su propósito se va cumpliendo en tanto  el  discurso  poético nos  da  claves,  en  ocasiones  enigmáticas,  para  la


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revelación de lo existencial. El verso se convierte en afinado instrumento de búsqueda, emprendiendo una reflexiva indagación de "un destino perdido" que alberga, sin embargo, el misterio de la criatura humana y sus atributos. Reconociendo al ser rodeado por "un marco de silencios", Julia apuesta a la pregunta, esa "devoción del pensamiento", - como decía Heidegger - formulándola a partir de "vivencias concretas" que  no obstante la  ubican - o la  conducen -  a otro universo menos real y más esencial: el de la palabra poética. Entonces la estrofa sabe formular, a veces con tonalidades nostalgiosas —y aún desalentadas— otras ilusionadas, interrogantes que no eluden deslizarse hasta las experiencias límites, como la de la muerte, por ejemplo. Dirigidas acaso a  un  destinatario que ha debido —o lo hará ahora— planteárselas, porque atañen a su propia existencia:

                 "Ahora me nace otra pregunta
                ¿Dónde encontraremos los
                 minutos, las horas, el tiempo justo y
                 maduro en el que la gracia inundaba
                 los templos? ¿dónde el inhallable olor de las

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nueces, la canela y la voz que nos llegaba aún virgen,
   el rostro de la adolescencia (...)"


Los laberintos de la vida, el tiempo, el fin de la existencia, su enigmática proyección, son motivos que oscilan entre certezas inquietantes (un "amor frustrado" o "un adiós que / flotó en las aguas donde/ duermen apacibles y humildes/ las algas de negras espesuras" o los "cerrados cofres desgarrados/ por la humedad y la vejez"), y el brote de la esperanza que anuncia "un mundo naciente".
 Cuando ésta surge, la hablante lírica declara:

   "suelo ser (...) portadora
   de un / suave y transparente optimismo"
   "En definitiva, algo en mí alentaba la Esperanza"

 Por el camino de la ilusión la poesía de Julia se aproxima a cierto misticismo que funciona a veces como una forma de cobijo y protección frente a la intemperie cósmica:

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"Lo que nos rodea como una muralla de ángeles/como un secreto de Dios que nos alcanza/con su habitual benevolencia"

También se hace visible en esta lírica de carácter confesional la evocación de los seres perdidos —en el pasado, en el abismo de la muerte—. Esta rememoración se realiza desde una actitud de despojamiento de asumida soledad; así lo apreciamos en el hermoso poema XXI:

"Desde este día en el que crecen las horas
litúrgicas, seguiré honrando el
corazón de los que duermen,
en tanto sus ojos no conocen
la dicha del color y sus dispersos rituales.
Desde este día en que no he recibido
ninguna carta ni nadie me ha llamado,
empezaré a recordar, el vestido

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azul silencioso de aquella amiga que,
nunca volví a ver."

Los tres poemas finales del libro se refieren a un objeto natural que la poeta vivifica prestándole aspectos y latencias de su propia interioridad; la piedra. Sin llegar a la estrategia de la humanización plena, Julia manifiesta su intensa fascinación por este elemento de "belleza inasible", al que se aproxima para conocerlo en sus mas intimas palpitaciones". En las piedras reconoce Julia una 'reflexionada quietud", tratando de encontrar "el significado de sus
silenciosas existencias".
Hay en esa exploración de lo inanimado un impulso hacia la develación del misterio oculto en esas presencias mudas aunque sugerentes; una suerte de sortilegio la liga a ellas y la lleva a volver a contemplarlas, y hasta a amarlas. Así lo expresa en el último poema, de sólo cuatro versos:
"Cómo no amarlas, cómo no sentirlas
rescatadas del cielo y de la tierra,


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tal vez del mar, tal vez de lo eterno.
 Es una de las magias de mi vida."

No es azar que, en un insinuado artilugio de circularidad, Julia cierre su poemario con un motivo que había dado título y materia a su primer volumen lírico: "Fabular de la piedra".
Con una intensidad que ha ido aumentando a lo largo de su obra, con un lenguaje despojado —quizá más sencillo aunque no menos profundo— que no excluye, a su tiempo, el certero poder de la metáfora, la creadora apuesta en este Diario Poético a una serena contemplación complementada por agudas reflexiones que le permiten componer su propia y auténtica visión del mundo. Alcanzando, creemos, un culminante y decisivo momento en su valioso devenir poético.
Sylvia Lago.

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1

Quisiera que el Gran Ordenador
de la tierra, los mares y el cielo (así llamaba a
Dios una amiga mía notoriamente
agnóstica) me enseñara a pensar y
vivir en este mundo que
entendemos cada vez menos.
Sé que cuando vaya a seguir
la oscuridad inevitable
sabré algo del misterio
que supone la novela de nuestra vida.

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II


Tal vez sea demasiado
pretender abarcar en los cauces de lo profundo
el por qué de un destino perdido, el por qué
de nacer, para luego sumergirnos en un enigma
de preguntas, que presuponemos
no tienen respuestas adecuadas
ni aclaraciones. Traigo en mi memoria un fragmento
de un poema de MacNeice, un lucido creador
de la Inglaterra moderna que me permito citar
"arboles que me hablen, cielos que me canten, y una
luz blanca, en el fondo del alma que me guie".


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III

Puedo hacer en estos momentos míos esos
deseos, ese plan existencial con el cual
llegaré al lugar donde me destine el Gran Ordenador
(prefiero llamarlo Dios), con la certidumbre
de que no he pensado en vano sobre esas
cuestiones que algunos incluyen en las
abstracciones metafísicas. Todo me ha
mantenido en una marea de silencios,
en el espíritu del mar que ha sido
mi leal confesor.

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IV


Lo mismo me sucede con los poemas a los
cuales soy adicta como si fuera una
iniciada en la magia de la escritura.
Recorro con el poeta los
largos jardines que duermen,
los silencios que pueblan alguna
tarde encerrada en un sol que va
declinando en su postrer latido.


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V

Sabemos que ellos
representan una verdad nacida en un
secreto o en el amor frustrado que en
la juventud cubrió los dulces follajes del
corazón; (en la sombra de un adiós que
flotó en las aguas donde
duermen apacibles y humildes
las algas de negras espesuras).


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VI

Ahora me nace otra pregunta
¿Dónde encontraremos los
minutos, las horas, el tiempo justo y
maduro en el que la gracia inundaba
los templos? ¿dónde el inhallable olor de las
nueces, la canela y la voz que nos llegaba aún virgen,
el rostro de la adolescencia, la imagen
de dignos unicornios, las sombras que crecían
en los ojos de la noche vegetal?

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VII


En esa forma estricta de las cosas, de aquellas
que nos impone recordar y memorizar episodios
de una vida limitada por el tiempo -tan breve-
siempre volvemos a los paisajes y a los seres
que sólo existen como un brumoso espejo
donde se guardan las voces y los nombres.
Cerrados cofres desgarrados por la humedad y
la vejez donde hallaremos
tal vez cartas donde las palabras han
desaparecido en un océano indiferente.


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VIII


He acudido necesariamente al terna de
las palabras como un recurso para
indagar adónde van las palabras.
En qué límites distintos se pierden
de donde estoy segura no vuelven
por lo menos en nuestras vidas. Ellas son
como notas musicales que nos alcanzan
la eternidad de los rumores, aquello
que ocurrió sin que nadie pudiera evitarlo.
¿Adónde van las palabras caídas?


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IX


Sabemos sí que hay palabras ocultas
que nos marcan con sus ritos secretos
y sus cargas de historias futuras.
Algunos entienden que las cosas
se expresan mejor en las palabras
de las gentes comunes, que sus emociones
a veces simples y sus sentimientos nacen
a flor de piel en ese lenguaje cotidiano.
Puede ser posible o no.
Lo cierto es que a veces la palabra nace en
la garganta y cae por los labios
hasta perderse por el cristal de la nada.


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X

Pero ahora en la comarca ha nacido una
edad distinta en que las mismas palabras,
los gestos, las fecundas anunciaciones
adquieren la tonalidad de los héroes,
edad de vigilias sobre el amanecer
del canto, mientras vamos creando
impensadas utopías que nos dicen
de anchas corrientes, de augurales
lenguajes, la fascinación de lo nuevo.


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XI

En este tiempo que nace con un espíritu
hecho de resoluciones claves, de posibles
destinos que aún ignoramos, nos
dice con otras palabras, que nada
está perdido, sino lo que nosotros
queremos perder. Lo invisible se va a
develar en una exaltación progresiva
del trabajo, el ardor lúcido de crear.
Renuncio a partir de un solo instante
a los miedos, y asumo el ascetismo
y lo inmanente de la conciencia humana.


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XII

Pienso en aquel mundo que se nos imaginaba
encerrado y pequeño: era simplemente
el nuestro, la aceptación de los destinos
truncados, escurridos entre las manos
donde todo era utopía mortificación
en las orillas sinuosas de la vida.
Ahora nos llega la anunciación
de los días en que despunta el fino
diseño —universal— de algo distinto.

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XIII

Escucho argumentos, percibo
a través de las imágenes que penetran en mis
ojos, cómo será ese mundo naciente y quiero
creer que las profecías
que me llegan, tal vez serán posibles.
Las encierro en mi corazón y
me pongo a soñar que todo es cierto;
(la consagración del canto y la vida).


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XIV

Ahora pienso en una vida que ya no
retrocederá, en los días perdidos
entre horizontes que quisiera recobrar,
los seres que siento caminar a mi lado
en las horas de la adolescencia, donde todo
era cuestión de estilo, risas, esperanzas,
las inolvidables horas.

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XV

Todo está encerrado en las calles que
nos permiten volver a las casas donde grises
habitantes deslizaban sus horas, se acogían
a otro mundo más sereno y pleno de proyectos
que tal vez, no pudieron cumplirse. La fatalidad
de lo imposible, los fracasos.
Allí se refugiaron las voces y las muertes
visibles, los baldíos sueños de los baldíos
secretos como suele suceder en la mayoría
de los casos. -No se me acuse de pesimista-.


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XVI

Suelo ser por el contrario portadora de un
suave y transparente optimismo, sin el cual
nos sería imposible existir.
No soy negativa, cuando evoco los objetos
gastados donde aún perviven las historias
que fueron y se recuerdan y nadie
ha podido imaginarlas
grabadas en un espejo que devolviera las
 imágenes de ayer y de siempre, en el barrio
 osado, con su cielo vestido de imprecisas orillas.

Ahí me ubico yo. La niña, la adolescente, la
que ya no soy, apenas sombra inexistente.

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XVII

 

En definitiva, algo en mí alentaba la Esperanza,
algo siempre cambiante,
estaba atenta al espíritu luminoso y a vivir.
A ratos me pregunto qué era esa Esperanza,
una narración de hechos futuros, una metáfora
que se nos aparece como una aventura humana
concebida por la mano generosa del Creador.
Era el amor entregado a un juego
 de alegrías, de seguir adelante hasta el fin
de nuestra última oración.

 

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XVIII

 

Esa era y es la Esperanza
-he melpis megale- (la Gran Espera)
que en la Libertad adquiere
una transmigración de virtudes
Teologales, una forma de lucha por
lo que vendrá, por alcanzar las albas pobladas
de sonidos como un principio racional
donde la soledad del corazón, se puebla
de eternas parábolas, del amor humano
impaciente pero por lo definitivo, presente.

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XIX

Será difícil una respuesta abierta a la
certidumbre, a un infinito de parábolas
que nos alcanzan en cada tiempo.
¡Ah la Esperanza originada en
la soledad del corazón, las albas
vacías!
El despoblado canto que no podemos
alcanzar mientras
se nos escurre entre las manos.

 

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XX

Lo que nos rodea como una muralla de ángeles, C07fl0 un secreto de Dios que nos alcanza con su habitual benevolencia, pensamos
en evadirnos de lo cotidiano. Y nos sentamos junto al rocío que crece presuroso en los árboles de la calle donde duermen las palabras y las voluntades ajenas para acercarnos a nuestro futuro pleno de seres nuevos.

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XXI

 

Desde este día en el que crecen las horas
litúrgicas, seguiré honrando el
corazón de los que duermen,
en tanto sus ojos no conocen
la dicha del color y sus dispersos rituales.
Desde este día en que no he recibido
ninguna carta ni nadie me ha llamado,
empezaré a recordar, el vestido
azul silencioso de aquella amiga que, nunca volvía ver.

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XXII

Quizá, no recuerdo su
rostro —las cosas podrían haber sucedido
de otro modo— que tenía un misterio
que nunca descifre.
Mi voluntad me lleva a acercarme
a los seres que antaño abrigaron
mis confidencias, porque ellos ya son
una ausencia tercamente inapelable.

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XXIII

Hoy tomaré en mis manos una piedra
tratando de llegar a su interior geológico
que siento de una belleza inasible,
mientras pienso que desde siempre
he sentido la esforzada vocación por
conocerlas en sus más íntimas palpitaciones.

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XXIV

Desde siempre, lo confieso,
he contemplado las piedras en su
reflexionada quietud, que como una prosa
me alcanza la palabra para tejer un
memorial sobre ellas. Las he abandonado
a instancias, he retornado a ellas
como en un prodigio, las vuelvo a
abandonar, pero en la contemplación
de sus aristas más visibles o más ocultas,
encuentro el significado de sus silenciosas
existencias. Aprendo el fabular que me ofrecen
sus formas que toman el signo
de su absoluta longevidad.

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XXV

Cómo no amarlas, cómo no sentirlas
rescatadas del cielo y de la tierra,
tal vez del mar, tal vez de lo eterno.
Es una de las magias de mi vida.

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