Día del Futuro 28.11.2013

la puesta en voz de la poesía
y sus antiguos desafíos futuros

                             
1.
Un destello interno del sujeto al que la materialidad del signo lingüístico (lo fónico, lo gráfico, la significación) da forma, un algo verbal que se mueve con vida propia, eso que sustenta el asombro del lenguaje, es a lo que llamo poesía. Una forma de usar las palabras en toda su potencialidad, haciendo que estas operen de manera inesperada, moviendo el sistema de codificación automática del receptor a dimensiones imprevistas. Sin ese desacomodo de lo ya dado, de lo ya dicho, puede haber literatura pero no poesía. Entiendo que la propuesta que se me hace en cuanto a hablar de "la poesía del futuro" es mucho más acotada, más literal, y no tan relacionada con el fenómeno poético en sí. Pero no se puede hablar del futuro de la poesía sin decir qué representa esta para el que habla. Otro asunto, nada menor, es no puede renunciar a su propio reino la poesía, ese lugar que es siempre otro, el nombre de lo otro. El arte de la poesía está en el origen de la vana lucha humana por doblegar la caducidad, siendo esta conciencia de la muerte la portadora del drama más universal de la conciencia humana. De ahí que haya sido la Poesía la hacedora de todos y de cada uno de los dioses. Luego convertida en mito, en palabra sobrehumana incluso, fue cediendo su transitorio decir para consagrar en las deidades por ella creadas, los atributos de eternidad, inmortalidad, belleza, poder o justicia imperecederos. He allí un ejemplo de lo que en otros tiempos fue el futuro de la poesía: cuando pasó del mito al dogma religioso. No estamos ni cerca de una instancia similar puesto que, en Occidente, el camino de la desacralización y de la pérdida del aura de la palabra poética ya lleva sus buenos tres o cuatro siglos. Algo similar podría decirse de los cercanos sueños poéticos de la política, así como de las dramáticas traiciones a la musa revolucionaria.
Pero, más humildemente, el arte de la poesía convertido en canción, en la sencilla sonoridad de la voz, en su "melos", sea tal vez uno de los fenómenos poéticos que mejor hagan sentir al corazón humano que, durante ese lapso en que el poema canta o actúa, de alguna manera el tiempo parece haberse detenido. Esto ha ocurrido desde la antigüedad, ocurre hoy, y todo indica que mientras haya trovadores seguirá ocurriendo en el futuro. Pero el trovador — trovero me gusta decirle en términos nuestros— no sólo escribe sino que compone piezas para ser interpretadas ante una audiencia, echando mano de más de un lenguaje artístico. Más adelante volveré sobre este asunto.
2.
La poesía con su aguja de tiempo enhebra los más diversos materiales en un solo hilo. Hace joyas que brillan como nuevas con las piedras más antiguas que ha recogido a lo largo de su larguísimo camino. No puede bajarse la poesía como cosa hecha, desde ningún archivo del ciberespacio. Se la transita o no aparece. Ese paradigma del hacer poético como un  proceso, y por tanto como una forma lenta de masticación de la palabra en el tiempo, es bien distinto a la histeria ansiosa, o enferma de narcisismo, que pretende poseer ya, todo aquello con cuyos destellos se encandila. La poesía es un arte de capas de lecturas, de tiempos de comprensión de esas lecturas, y de inmersiones en el mundo fuera de toda lectura también. Es un arte leído y vital. Es una forma de vivir que implica ir leyendo el mundo, sabiendo que, a la vez, el tiempo de la vida escribe sin nuestro dominio sobre el extraño papel de nuestras existencias. No hay poesía, quiero decir, sin sujeto. Por más que éste se pierda en la infinitud del lenguaje, en los laberintos de la propia identidad, siempre hay un instante en que el sujeto que llamamos poeta da forma y hace cuajar los más venturosos viajes.
En este presente, entonces, en el que todo parece ser irremediablemente más pragmático, la poesía no queda por fuera de la praxis inmediatista. Y no tiene porqué hacerlo, ya que la rima improvisada siempre ha sido una voz popular. Desde la payada de nuestros gauchos hasta el rapeo de los negros del Bronx. Igualmente trafica la poesía, con o sin rima es voz distinta, con el encanto del transporte —el de transportar y transportarse— a un lugar que destella cierta cosa inaprensible, inapresable, indecible, intelectiva pero no integrada del todo a la chatura del consumo voraz. La poesía está aquí como siempre estuvo, haciendo como que acontece en el presente aunque en verdad no se limite a una sola estación temporal. Me refiero a que no hay poesía sin la polifonía de la multicronicidad. Ella siempre trae voces de otros lados: voces del mito antiguo y voces del inconsciente, voces de la calle y del sueño, voces de las voces que han hecho a la poesía a lo largo del largo tiempo que esta lleva haciéndose. Sincroniza toda esa polifonía y la devuelve en un solo haz como si lo dicho estuviera recién naciendo de la voz que la emite.
3.
En cuanto al futuro de su praxis lo más claro es que, como está ocurriendo con otras artes (las artes plásticas y la danza, principalmente) su forma de presentarse está cada vez más ligada a las articulaciones con otros lenguajes. Se trata de una "era de la fusión" en la que la voz poética entra en consonancia con el arte musical, con artes de cuerpo y movimiento. Desde ese escenario se relaciona sin intermediaros con la audiencia. Hoy ya es un futuro en el que la lectura de la poesía en el libro, o en otros soportes fijos, se ha vuelto minoritaria en relación a la antigua y originaria forma multimedial de presentarse ante una audiencia. Eso conlleva muchos desafíos, y ahí es donde vuelve la figura del trovero. Entre esos desafíos uno nada menor es que su arte ya no sólo consiste en el manejo estilístico y riguroso de la palabra escrita sino de todo el lenguaje que la palabra conlleva: sonoridad, materialidad visual, voz que la enuncia, y las múltiples formas que puede adoptar para ser representada en su puesta en voz. El arte de la poesía escrita vuelve a ser —insisto, como lo ha sido durante siglos desde sus orígenes y hasta ya entrada la modernidad—  sólo una parte de la tarea del poeta, una parte sustancial por cierto, pero no la forma última o más acabada de su arte. Esto es así, además, porque la era digital confirma lo que la era electrónica había preparado, y es que los soportes de registro, la memoria de la palabra, no es sólo escritura sino grabación y visualidad. Ese registro es, a la vez, el que establece hoy el contacto inmediato con la audiencia. La mera visualidad de la letra escrita, con su gran capacidad de sugerencia, ha sido complejizada y el lenguaje de la poesía es verbo-voco-visual, como ya lo decían los concretistas brasileños a mediados del siglo XX. Me animaría a decir, de todas formas, que lo que hoy sucede es que los parámetros de recepción artística del arte poético en su dimensión multimedial, todavía carece de los elementos necesarios para una calibración de su alcance estético. Saber diferenciar entre lo que es y no es un producto de valor artístico en la praxis multimedial de lo poético —que  está en plena mutación— no es tarea fácil. Es fácil que se confundan efectismos de corto alcance con efectos poéticos, que se confunda la comunicabilidad demagógica de lo inmediatista con el valor resistente del lenguaje poético.
Lo que hay que agregar a esto es el alcance y la velocidad de esos registros; un alcance sin fronteras y sin la dependencia de los grandes medios (editoriales, periodísticos, televisivos). Con domésticas  herramientas tecnológicas se puede hacer que la "puesta en voz" de un poema que hicimos la semana pasada en el Mundial de Poesía de Montevideo esté siendo vista en este momento en China o en Botswana. Esa velocidad de difusión y de expansión es, a la vez, un desafío que posiblemente enfrente todo arte del futuro, pues conlleva a que sea fácil confundir a los hacedores: confundir el hacer rápido con el hacerlo bien, confundir  cantidad e impacto, con calidad y registro artístico. Esto que podríamos denominar un nuevo desafío ético en la producción estética, deberá ser replanteado por cada artista.
He aquí un último punto. Es poca, escasísima, la reflexión crítica que se publica como para orientar, y menos aún evaluar críticamente la proliferante producción de la escritura por los medios electrónicos. Hay quien habla de democratización de la creación, pero también de banalización; hay quien entiende que los paradigmas de la élite ilustrada se han disuelto en una posmodernidad en la que no hay quien fije un canon sino que la "glocalidad" de los eventos artísticos es una producción libre que sólo cuenta con su particular audiencia, en situaciones puntuales. Y que el resto son los grandes premios internacionales que dan visibilidad a algunos nombres a nivel internacional, durante el breve lapso en que el Premio es noticia. Y listo. Es un hecho que ya hoy la  producción supera en cantidad toda reflexión crítica. Es posible decir también que, a la vez, el nivel estético de esa masiva producción es imposible de juzgar con los parámetros de la tradición del arte en el que se inscribe. Unos pensamos que esa es la mayor pérdida, otros piensan que no, que lo que sucede es que no hay parámetros para medir la validez estética sino solo recepción puntual de la producción. Otros pensamos que hay más cantidad de escritura pero menos poesía. Y este ya es un terreno en el que se dividen las aguas, por ahora sin que se vea un puerto de común arribo.
Quiero pensar que será la propia dialéctica entre artistas poetas y audiencia artística la que irá moldeando los paradigmas estéticos del futuro de la poesía. Suena a nueva utopía, pero no me la creo del todo porque el conocimiento y el tránsito por lo que es la historia de un arte no es posible de ser ignorado como si no hubiera existido. En tal sentido, vuelvo a reiterarlo, la primera responsabilidad es la del poeta con la profundización en el estudio de su arte en todas sus dimensiones. Un arte que ya ha vuelto a ampliar su lenguaje hacia articulaciones multimediales y que, en tal sentido, parece reunir el futuro con su más antigua tradición en la oralidad. El concepto de "puesta en voz" —sobre el cual he venido reflexionando en otros trabajos — es para mí una forma actualizada de esa vasta tradición, de cara al futuro.


 (Montevideo, 1957). Poeta y performer, ensayista e investigador literario, profesor.               

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